Cada palabra crea un ángel: una derashá sobre Vayerá, basada en Rabí Jaim Vital
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Esta derashá sigue de cerca una enseñanza sobre parashat Vayerá de Rabí Jaim Vital, el discípulo principal del Arizal.
Un ángel que se sienta a comer
Parashat Vayerá empieza con una escena que cuesta imaginar. Tres hombres llegan a la tienda de Abraham, y Abraham corre a recibirlos: les ofrece agua para los pies, sombra bajo un árbol y un bocado de pan (18:4-5). Enseguida les sirve un ternero tierno, cuajada y leche, y el texto dice, sin más, que comieron (18:8).
La tradición enseña que esos hombres eran ángeles. Y un ángel que se sienta a comer es una imagen que merece una pregunta: ¿qué diferencia hay, de verdad, entre un ángel y una persona? Rabí Jaim Vital se la hace al comentar esta parashá, y la llama «una enseñanza deseable» (drush nejmad).
Por qué ellos no tienen cuerpo y nosotros sí
Su respuesta, dicha en pocas palabras, es esta. Los ángeles fueron completados en un plano espiritual: su reparación quedó terminada allí. Por eso no necesitan un cuerpo, y por eso viven y duran para siempre.
Las almas de las personas, en cambio, aunque muchas vienen de lugares altísimos, no quedan completas allí. Necesitan descender y vestirse de un cuerpo en este mundo, y completarse mediante las mitzvot y el estudio de la Torá. Por eso nuestro cuerpo no dura como duran los ángeles.
Escuchado así, parece que los ángeles ganan. Pero Rabí Jaim Vital no lo deja ahí. Escribe que hay almas humanas más altas que los ángeles, y que las almas de los justos más elevados están por encima de todos ellos. Nadie es mayor que ellas.
No es una competencia. Es una enseñanza sobre para qué estamos aquí: lo que el ángel recibe ya hecho, nosotros lo construimos con el cuerpo, con la mesa, con las manos y con la palabra.
La parte que nos toca: la palabra
Aquí llega lo que más importa. El Talmud enseña que cada palabra que sale de la boca del Santo, bendito sea, crea un ángel (Jaguigá 14a, a partir de Salmos 33:6: «por la palabra de Hashem se hicieron los cielos, y por el aliento de su boca todo su ejército»).
Rabí Jaim Vital añade algo que nos concierne directamente: también de la palabra del ser humano se crean ángeles, buenos o malos. Lo relaciona con lo que enseña la Mishná: «Quien cumple una mitzvá adquiere un defensor; quien comete una transgresión adquiere un acusador» (Avot 4:11). Y cita lo que dicen los Tikuné HaZóhar: cuando una persona estudia Torá, el aliento y la voz que salen de su boca se convierten en carros sobre los que descienden las almas de los justos.
Pensémoslo un momento. Una palabra de aliento, un saludo, una oración, un versículo de la Torá dicho con atención: cada uno de ellos, según esta enseñanza, crea algo. Y una palabra dañina, también.
Nombres que cambian y nombres que no
Hay un detalle más en esa enseñanza. Rabí Jaim Vital recuerda que hay ángeles cuyo nombre cambia según la misión que reciben, y otros, de rango más alto, cuyo nombre nunca cambia. Lo apoya en la respuesta del ángel a Manoaj: «¿Para qué preguntas mi nombre?» (Jueces 13:18).
Los visitantes de Abraham no dicen su nombre, y Abraham tampoco se lo pregunta. Les ofrece agua, pan y descanso.
La mesa de Abraham
Abraham sirve pan a quienes, si son lo que la tradición dice, no lo necesitan. Quizá por eso la escena nos desconcierta tanto. Pero ese gesto es de alguien que sí tiene cuerpo, que sabe lo que son la sed y el cansancio, y que por eso sabe qué ofrecer. Un ángel puede cumplir una misión; solo una persona puede preparar una mesa.
La enseñanza de Rabí Jaim Vital nos devuelve a lo que tenemos en las manos. Si cada palabra y cada mitzvá crean algo, el cuerpo y la palabra dejan de ser una limitación. Son nuestro instrumento.
Una humildad que enseña
Hay un último detalle, y es de los que más me gustan. En esa misma enseñanza, Rabí Jaim Vital habla de tres almas que estuvieron a punto de partir: Yitsjak, en el altar, cuando su alma «voló» al tomar Abraham el cuchillo y después volvió; Habakuk, que según esta enseñanza es el niño de la sunamita a quien Elisha devolvió la vida (II Reyes 4); y Biniamín, cuya madre murió al darlo a luz y lo llamó Ben-Oní (Génesis 35:18).
Y cuando intenta precisar cuál de ellos es cuál, escribe con una sinceridad que desarma: olvidó lo que había oído de su maestro sobre esto, y ofrece el camino que le parece más verdadero. Un gran sabio que dice «no lo recuerdo» nos enseña tanto como cualquier otra enseñanza: que el estudio se hace con humildad.
Para esta semana
Esta semana, antes de decir una palabra importante, hagámonos una pregunta: ¿qué va a nacer de esto? Un defensor, o un acusador. Una puerta abierta, o una cerrada.
Abraham, sentado a la entrada de su tienda, no sabía qué ángeles recibía. Hizo lo que podía hacer: abrir la mesa. Que nuestra palabra, esta semana, haga lo mismo.
Esta derashá forma parte del comentario de Parashat Vayerá.
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Fuentes
- Rabí Jaim Vital, enseñanza sobre la parashá Vayerá (texto hebreo; traducción y adaptación nuestras)
- Talmud de Babilonia, Jaguigá 14a (cada palabra de Hashem crea un ángel; Salmos 33:6)
- Mishná, Pirké Avot 4:11 (quien cumple una mitzvá adquiere un defensor)
- Génesis 18:2-8, 22:1-14, 35:18; Jueces 13:18; II Reyes 4